fundacion

En esta sección escribimos sobre la gente que se destaca en los conceptos de sustentabilidad, reciclaje, o que simplemente son un ejemplo de una búsqueda de la mejor calidad de vida  para la humanidad. Hoy, vamos a hablar de una casa,  de un lugar paradisíaco y a la vez muy simple, que invita a estar allí, a permanecer,  construir,  integrarse y, sin dudas,  a tener una mejor calidad de vida.
Te preguntarás,  ¿por qué no entrevistamos a sus habitantes?  Por supuesto que lo hicimos, por más que creamos firmemente en la magia de la vida, las casas, todavía no hablan. Pero sus creadores pertenecen a esa “especie en extinción”  que no necesita reconocimientos públicos y prefieren darle el crédito a la vida. Ellos compartieron con nosotros su espacio, su energía y su buena onda, nos dieron los detalles de lo que implica crear y mantener este proyecto y nos dieron el permiso de compartirlos contigo, porque pudiera ser interesante para que te animes a intentar tu proyecto.
Janoko es la voz  warao que le da nombre a este espacio, y la traducción literal es “lugar para el chichorro”, la simpleza y profundidad de este concepto, no requiere de más explicación.

                                     

La  Península de Araya, Estado Sucre, Venezuela,  es la locación y creemos que te bastaría con saber que en la red se  la define como “tierra árida y seca”, para imaginar la paciencia y el reto que implica haber logrado este paraíso frondoso.
El “cómo llegar”, te lo contamos con una anécdota: en algún momento de las amenas charlas Carlos dijo “Alguien que pasó por aquí” y nos hizo algo de gracia la expresión.   Para llegar a Cumaná hay 6 horas de trayecto desde la capital, una vez allí hay que tomar un ferry  que no tiene horario establecido, solo “va y viene” desde y hasta la península. No venden el pasaje hasta que el “ordenador” - que no es un computador sino un señor que ordena los coches-  entrega el esperado ticket, que a su vez,  permite hacer la cola de comprar el pasaje para subirse de inmediato al ferry.  Luego, al bajar del ferry manejas unos 40 minutos, si no te pierdes,  por una carretera de tierra, poco definida hasta llegar a destino.  Tratamos de imaginar que alguien haga  todo eso para “pasar por ahí”, como por casualidad y parecia poco probable. Quien llega a ese lugar, definitivamente, quiere llegar.

                                  
Visto así puede sonar terrible, pero fue uno de los viajes más amenos de nuestra vida, es hermosa la carretera principal, súper organizado el precario terminal de ferry, insuperable la vista en el trayecto y una experiencia única  transitar por la carretera de las Salinas. Todo apenas un preámbulo para llegar a este paraíso tropical.
Nos recibieron con pescado fresco, arroz integral y una exquisita ensalada, que Laura combinó mágicamente en pocos minutos, el menú de la estadía  fue muy variado, pero siempre tuvo esa combinación de “fresco, sano y apetitoso” del primer día. El otro elemento constante que lo hacía perfecto, era la vista, ya que la mesa está estratégicamente ubicada para que desde todas sus partes se pueda admirar el paisaje. Interesante detalle es notar que el día que te despiertas tarde, te puede  tocar la única silla desde la que no se ve el paisaje, sino el frescor del jardín “interior”.

Y esa palabra es casi un chiste, los únicos espacios “interiores” de la casa son los baños, porque todo el resto está diseñado para que siempre, inclusive cuando estas acostado, puedas ver el mar.
En la parte superior, además de las ventanas, las paredes de las esquinas son corredizas, madera sobre rieles se deslizan para ver entrar o irse el sol, según sea la hora del día, y de los ánimos.

La primera mirada del patio te hace pensar que estás en un jardín muy grato, pero  “normal”, cuando recuerdas que estás en Araya, duplicas el valor y comienzas a introducirte en los conceptos sustentables como parte de la vida. El sistema de riegos es con agua reciclada de los pozos, y con este riego “de abajo hacia arriba” van creciendo lechosas, tomates, flores y grama.


A un lado de este espacio abierto, la parrillera y al otro el horno solar te siguen  llevando por los detalles sustentables de los que está llena esta casa, por dentro y por fuera: bibliotecas de cuerda y maderas recicladas, la mesa con incrustaciones de vidrio también reciclado, un colgador de utensilios de cocina hecho de bambú, un techo de caña en el porche, caracoles y fósiles dejados en los rincones, como al descuido, son los adornos que exhiben los espacios.
Y aunque no son reciclados, nuestros favoritos  son hamacas y chichorros,  dignos representantes de la cultura que da origen y nombre a esta casa,  todos están ubicados  en sitios estratégicos para descansar, disfrutar del paisaje o del  otro tesoro de la casa: material de lectura variado y profundo.

Agradecemos a nuestros anfitriones permitirnos esta interacción con la casa, que, de muchas maneras parece tener vida propia, aunque está claro que eso, también fue parte del plan de ellos al hacerla. 
En próximos artículos estaremos profundizando más sobre algunos de los detalles encontrados que tú podrías poner en práctica en tu espacio, donde quiera que esté ubicado.

Fotos: C. Coll, Luis Armando Borjas.

DSC00855
DSC00822
DSC00824
DSC00829
DSC00825
DSC00816
DSC00820
DSC00821
DSC00839
DSC00862
DSCN8834
DSCN8835
DSCN8854
DSCN8838
DSC00823
DSC00830
DSCN8857

Entrevistas Relacionadas

«
»