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Con certeza todos recordamos la sensación que nos produjo el primer avión de nuestra vida, no importa la edad que teníamos o a dónde íbamos, es Toda una experiencia, y por encima de todas las emociones personales, creo que hay dos elementos comunes a todos: la mezcla entre la euforia y el miedo que sentimos en la boca del estómago y la sensación de romper límites al abrir la posibilidad de tocar las nubes.  

A los doce años tenía en mi haber bastante más vuelos comerciales que el promedio de las chicas de mi entorno, y aunque en cada ocasión repetía ambas sensaciones, comenzaban a dejar de impactarme cuando la vida me regaló  una estrecha relación con la familia Rocha, tres amorosas hijas de padre y madre pilotos de avioneta, todos  amantes del vuelo y  hospitalarios como nadie. A bordo de las pequeñas, y no tanto,  avionetas de Jorge Rocha    se renovó en mí  esa sensación y  de hecho se duplicó acorde a la relación inversa y contradictoria del tamaño del avión, en la que más chiquito es, te sientes más desprotegido y, a la vez,  más cerca del cielo.
De ese tiempo,  muchas historias de vuelo y de descubrimientos de paraísos escondidos en el Caribe,   pero nada como el pequeño avión en el patio de su casa, era un recuerdo de un aterrizaje en una carretera que bordeaba el mismo mar que los guiaba a menudo en vuelo, al que sobre-vivieron Jorge y su hija Diana, era el símbolo de muchas cosas. 

Para mí esa época fue todo un descubrimiento de la vida en el  aire, sobrevolar el imponente Rio Orinoco en aquella pequeña avioneta, con Jorge  y Diana, se ha mantenido en mi vida  y, años después,  cuando lo atravesé en una barca tan pequeña que lo hacía verse como un mar sin fin, el miedo cedió únicamente ante el recuerdo de que alguna vez yo pude ver sus dos orillas al mismo tiempo, desde el sin límite del cielo.  

Creo que fue ahí cuando  comencé a leer sobre aviones, vuelos, gaviotas y similares a través de los libros “no famosos” de  Richard Bach  y Saint Exupery, volviéndome una fanática del tema y volando con ellos en cada historia.

La rutina me fue alejando de la cotidianeidad de  los Rocha, y de nuevo los aviones se volvieron transportes comerciales, con sensaciones conocidas  hasta que, con un poco mas de 20 años, recibí otro regalo de la vida: la empresa donde trabajaba decidió patrocinar un “Vuelo Costa a Costa” del Ultraliviano de  Jimmy Marrul y experimenté volar en él todas las veces que me fue posible durante el proyecto.
Aquel avioncito biplaza era poco más que un “ go-cart con alas”, volar con Jimmy en ultraliviano abrió una puerta más grande a mi visión y  sentidos, la sensación de libertad se magnificaba, la de pequeñez ante la inmensidad del cielo y la tierra, también. Y el próximo paso obligado era experimentar un helicóptero de puertas abiertas y casi enseguida, un paracaídas. Las distancias a recorrer no serian tan largas como las de los aviones, pero las sensaciones son una especie de alquimia entre la libertad y el miedo, haciendo ebullición en el estómago y en el cerebro, es pasar de sentir que podrías tocar las nubes   a saber que puedes tocarlas. 

Pocos años después mi hijo de 4 años me preguntó, observando una gaviota,  si algún día podría volar, yo, muy racional le dije que claro que podría ser piloto  y él decía “no mami, volar, volar”  mientras aleteaba con sus brazos, no estoy segura cual fue mi respuesta pero entendí que ya él  percibía la magia del vuelo y que a mí se me estaba yendo…
Mi hijo nunca fue piloto, aunque a su manera, vuela; mi relación con los espacios aéreos no ha vuelto a traspasar las cabinas de aviones comerciales y aunque lo hago con cierta frecuencia y sin dudas siempre me renuevan la sensación de libertad, representan para mí un tema de acercamientos más que de idas, entre otras cosas, de acercarme a las personas y lugares que están practicando sustentabilidad.

Desde que está circulando la información del Solarimpulse II, que es por demás interesante desde lo tecnológico, mientras más leo y comparto la historia del proyecto ,  no solo estoy  reviviendo esas sensaciones, recordando esos personajes a quienes tuve el placer de leer y escuchar hablar de sus experiencias, sino sintiendo que  Bertrand Piccard y Andre Boschberg están reconquistando la libertad del hombre en su relación con el espacio aéreo y con la independencia , en este caso , superando al mismo tiempo los límites  de las distancias , del espacio y  del  combustible…  creo que pocas cosas más cerca de la libertad…

Ahora me marcho con la recomendación de que exploren los links de estos hombres del aire,  con la promesa de contarles o al menos traducirles la historia de los dos pilotos del Solarimpulse, a los que deseo todo el éxito posible en sus objetivos, y con mi reverencia a todos los pilotos  diseñadores, inventores , mecanicos y creadores de aviones del mundo. Por la valentía, la audacia, el asumir la responsabilidad  y por acercarnos en cada vuelo a la ilusión de la libertad y la independencia. 

Patricia Alvarez
Fotos :  Jimmy Marull , foto de Eva Finol http://www.aviacioncivil.com.ve, / Avión  Saint Exupery  http://es.wikipedia.org  /Intrepid New York : www.pablovette67.com /Restantes : Fotolia, Depositphotos, colección Omiplanet, Lusi Armando Borjas
 

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