Dicen por ahí que “somos lo que comemos” y existen numerosos estudios acerca de la relación que tienen los pensamientos y sentimientos en la alimentación del ser humano. Y resulta clave esta relación, pues no se escapa de ella, una de las etapas más vulnerables del desarrollo: los dos primeros años de vida.
Están plenamente comprobados los beneficios nutricionales, inmunológicos, psicológicos y socio-económicos de la lactancia materna.

El amamantamiento no tiene únicamente un valor nutricional. Va más allá, originando un vehículo de afecto, seguridad y comunicación madre-hijo. La leche materna pasa a ser un “transporte” de nutrientes y emociones. Y es un acto tan natural que beneficia enteramente al bebé y a la madre, creando entre ambos, un “vínculo” espontáneo de amor, empatía y salud.
Imagina un alimento capaz de favorecer la pérdida de peso progresiva en la madre después del embarazo, con función anticonceptiva, productor de sensaciones placenteras (aumenta las endorfinas), fuente completa de proteínas para el niño, que favorezca su desarrollo físico y mental, que no necesite preparación alguna ¡y además, sea totalmente gratuito!

Nutricionalmente hablando, la leche materna es el alimento por excelencia durante los primeros seis meses de vida, luego de los cuales se debe comenzar a la par, la introducción progresiva y ordenada de los diversos grupos de alimentos.

Esta práctica es tan completa, que como si fuera poco, también aporta beneficios a la comunidad y al ambiente pues asegura una buena salud en la etapa adulta y no contamina ni produce ningún tipo de desecho o desperdicio, ayudando así a proteger la naturaleza.

La invitación para los padres y familiares es que apoyemos a las madres en esta beneficiosa práctica. Cuidemos a la población del futuro, no solo en lo que a nutrientes se refiere, sino también promoviendo ese contacto “piel a piel” que afianza el vínculo emocional entre una madre y su bebé.

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Aitor
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