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Este artículo debió ser una entrevista a Eva y José María,  los creadores, productores y vendedores de los “Quesos Artesanales de Turgua”. Pero José María se fue y esto se convierte en una editorial que intenta  rendir honores a quien lo merece y con certeza, una manera de reivindicarme conmigo misma, por no haberme dado el tiempo de decirle  lo suficiente   a José María, cuanto lo admiré y darme el chance de decirle hoy a Eva lo que ella significa para mí y para Omiplanet.

Un día de los 80's,  entré al pequeño departamento y mi hijo  de 8 años me recibió saltando de alegría y emoción “Mamá, Che María me hizo hoyos para jugar a las canicas en casa…”, no paraba de hablar mientras me llevaba de la mano a ver la huella de una plancha a vapor marcada claramente en la alfombra de la sala. 
La cara de José María era de más inocencia que la de Igor, sus argumentaciones, ni hablar,  tal parecía que realmente lo había hecho para ayudarle  a ser campeón de canicas; era difícil para mi entender si reprender al niño o al niñero temporal, por ende, a los pocos días me mostraron una olla carbonizada que, según ellos,  era un detalle menor en un fascinante experimento sobre la evaporación del agua.

Éste fue el José María que conocí,  con la mirada inocente de un niño y una franqueza que caía en desfachatez,  éramos parte de un grupo de amigos que nos solidarizamos en una etapa confusa de nuestra vida en la que una especie de “azar” nos llevó a esa unión en la pequeña ciudad del Caribe venezolano. Todos en circunstancias diferentes y muy distintas entre sí, teníamos dos elementos claves  en común: exilados políticos de  regímenes militares en Latinoamérica y auto-exilados de fracasos amorosos  que resquebrajaron ese momento de nuestra vida.

Pero de estos y muchos otros elementos en común,  José María siempre se diferenció en algo que en aquel momento no estoy segura si valorábamos debidamente o solo nos descolocaba: era el único que tenía la valentía de decir abiertamente que estaba perdido,  le daba miedo su responsabilidad de padre, estaba jugando al artesano y  que no sabía cómo seguía la vida.
Creo que sin esa amistad hubiera sido imposible levantarnos y, de a poco todos nos fuimos reconstruyendo y separando para seguir adelante. 

Cuando volví a encontrar a José María de aquella época quedaba únicamente su sonrisa y su franqueza,  pero su rostro estaba realmente iluminado: había encontrado a Eva y lo decía a borbotones, con orgullo,  emoción, admiración y respeto.

Y con Eva encontró el sentido de su vida, ya no tenía que vender cosas que otros hacían, ni seguirse preguntando  “¿cómo sigue?”,  estaban iniciando la producción de quesos de cabra artesanales, que se vendían - y se siguen vendiendo- con éxito en los mejores restaurantes de Caracas.
Eva Josko, viuda de Guerón, es una Eslovaca, con Grados,  Post Grados y Maestrías en diversas universidades de los Estados Unidos y del mundo, radicada en Venezuela desde los años 60's, profesora jubilada de la Universidad Central de Venezuela y, más allá de todo dato técnico, un temple  de mujer que no se cansa de investigar, emprender y aprender, mezclar con sabiduría sus conocimientos y experticias en otros terrenos, en el de su fábrica de quesos. 
Juntos, en esa mezcla improbable en las estadísticas de la vida,  hicieron esta creación de lujo para el paladar que comenzó casi como un juego, con sus cabritas con nombre y apellido, y se convirtió en un proyecto de vida.

Entre el final de los 90's y principios de este siglo, tuve el placer de ver crecer la producción que comenzó casi por casualidad, me cultivé de la cultura de Eva, mi hija menor pudo jugar con Elvira y Gastón, parte de las primeras cabritas y aquel pequeño que aprendió a jugar canicas con José tuvo su primer trabajo en cocina gracias a las recomendaciones de José María a un gran chef, me tomé unos cuantos vinos en su casa, y degusté los mejores quesos de mi vida, sin temor a exagerar.

No podría explicar con certeza por qué volví a alejarme de ellos y por supuesto, no tenía que ver con ellos, sino con mis propios caminos, pero cada vez que me encontraba con su selección de quesos en la carta de un buen restaurant caraqueño, me reía con orgullo  y lo que es más importante: Omiplanet existe gracias e Eva, porque cuando tuve la primera luz de este proyecto  y me parecía imposible hacerlo realidad, fue mirarla a ella, recordar cómo me contaba sus descubrimientos en la web y su ejemplo,  lo que me impulsó a hacerlo.

Doy gracias a la vida por permitirme hoy darle este Adiós al amigo, y Gracias a Eva, quien sin saberlo y con su ejemplo,  hizo este proyecto realidad. A sus hijos, Gabrielle, Daniel y Alejandro, el abrazo de quien miró desde afuera como se reinventaron sus padres.
A ustedes, nuestros queridos lectores, les seguimos debiendo el artículo de los Quesos de Cabra Artesanales de Turgua, pero les dejamos el “abrebocas” de la historia personal de sus dueños y su espacio con la información       .https://www.facebook.com/groups/300239323340635/?fref=ts

Fotos: las fotos de José María y Eva , asi como las de los quesos,  pertenecen a artículos previamente publicados,  de  David Torres para Cosmoguayana y  de la revista Estampas. 

 

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